Capítulo 1 de Amaravati, de Tricia Ross

Entramos de lleno en la vida de la protagonista de Amaravati, que vive lejos de todos los terribles acontecimientos que ha vivido en su corta edad.

Capítulo 1

Respiré profundo por la nariz al tiempo que cambiaba de postura, del asana del guerrero al de la media luna, mientras me esforzaba por mantener el equilibrio. Miré a Eva, que dirigía la clase, y me maravillé de su flexibilidad y estoicismo.

—Muy bien, chicas, aguantad… tres, dos, uno… relajamos —dijo con su tono de voz suave y comedido, como si, para ella, soportar esa antinatural posición en su cuerpo fuese coser y cantar—. Estiramos en la postura del perro boca abajo, tres respiraciones.

Obedecí las indicaciones de Eva y, sudando ya a mares, imité su postura.

—Perfecto —señaló con dulzura—. Por último, nos sentamos en la posición del loto y centramos la atención en nuestro cuerpo, en lo que nos dice tras la práctica.

Toda la clase, yo incluida, seguimos sus instrucciones. Me centré, pues, en mis sensaciones. Nunca había llegado a comprender del todo la filosofía y espiritualidad existentes detrás del yoga, eso que Eva llamaba niyamas. Se trataba de algo así como unas doctrinas, un estilo de vida que ella me animaba a aplicar en mi día a día. A veces parecía una loca de esas que intentan crear adeptos a su secta, pero debía admitir que alguno de los rollos que me soltaba me habían servido de ayuda, sobre todo ese de «dejar ir el pasado». Ese me iba bien…

Eva era mi compañera de piso desde hacía un año y medio, y también era la dueña de Amaravati, la escuela de yoga donde nos encontrábamos.

Cuando me vi obligada a dejar atrás mi verdadera identidad para esconderme, hacía ya un par de años, pensaba que adaptarme a una nueva vida, tan diferente, sería un infierno. La suerte me llevó a esa pequeña ciudad costera de Asturias, donde la gente era buena por defecto y lo único peligroso era salir al mar cuando había tormenta.

No negaré que los primeros seis meses fueron difíciles. Sentía que jamás conseguiría engañar a nadie, que nunca podría ser feliz de nuevo y que, aunque lo que había dejado atrás era, en su mayor parte, oscuridad, nunca podría sobreponerme a las pocas cosas buenas que había tenido que abandonar, como mi familia. Pero lo había hecho por su bien. Tener algo que ver con la mujer que era yo antes de esa nueva vida era peligroso, era jodido de verdad.

Tras esa primera etapa, conseguí abrirme un poco, salir de mi burbuja de temor y desconfianza. Encontré trabajo en un restaurante costero y conocí a Eva. Ella me ofreció compartir piso, ya que buscaba una nueva compañera, y así comencé a transformar mi vida.

—¿Cómo ha ido la práctica, Eli? —Quiso saber Eva, acercándose a mí mientras el resto de alumnas abandonaba el recinto de la clase.

—Voy mejorando, lo noto —respondí.

Lo decía en serio. Yo nunca había sido muy flexible, pero, después de tres meses asistiendo a sus clases, estaba sintiendo un cambio evidente en mi cuerpo, algo que, además, repercutía sin duda en mi estado de ánimo, cada vez más positivo.

Casi no recordaba el tipo de mujer que una vez había sido, y no quería recordarla. La fiesta, el alcohol, el desenfreno y él…

Sabía que todo el mundo toma decisiones arriesgadas cuando es joven, pero las mías habían sido peor que malas. Me habían destruido.

Sacudí la cabeza. La nueva Eli ya no se castigaba, la nueva Eli había aprendido a dejar el pasado atrás, como decía esa filosofía que aún no conseguía entender del todo.

—¿Vamos a comer? —preguntó Eva mientras entrábamos en las duchas.

—Vale, pero a las cuatro tengo que entrar a currar —advertí.

—¿A qué hora sales?

—A las once, ¿por qué?

—Porque hay una fiesta en la playa —dijo mi amiga—. ¿Querrás venir esta vez?

Eva pensaba que no me gustaba la fiesta, y era lógico, pues nunca quería ir a ninguna. No porque fuese una aburrida, sino porque ese ambiente me traía recuerdos desagradables. Pero lo estaba superando, y mi último paso era volver a ir a una fiesta sin sentirme mal. Quizá era hora de intentarlo.

—Sí, vale —respondí—. Iré.

—¡Qué bien! —Se alegró Eva—. Estoy deseando que te sueltes la melena, me encantaría saber cómo es Elisa Pérez sin tanto remilgo y con unas copas de más.

—Sabes que no bebo. —La regañé con cariño.

—Vamos, mujer. Un día es un día, no es como si fueses una alcohólica.

Le sonreí y entré al habitáculo de la ducha. El agua fresca me recorrió la piel, rebajando mi temperatura corporal, alta tras el ejercicio, y relajando mis músculos cargados. Pensé en aquellos dos meses en desintoxicación y en las reuniones de alcohólicos anónimos a las que, aún ahora, asistía en Gijón. Pensándolo fríamente, no era tan raro teniendo en cuenta todo por lo que había tenido que pasar en solo veintitrés años de vida.


 

Si quieres saber más de la autora, Tricia Ross, puedes acceder a su página aquí: https://www.kamadevaeditorial.com/autores/tricia-ross/

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