Capítulo 1 de A 100 peldaños de ti, de MJBrown

El libro de MJBrown está siendo muy leído entre nuestras seguidoras, y nos dicen cosas tan bonitas como esta:

Me ha encantado el personaje de Aris, que a pesar de lo borde y antipática que es Elena con él, no se rinde. Le muestra todas sus cartas, y decide ser sincero con ella, y por tanto, se ha ganado mi cariño.

No conocía la pluma de la autora, pero me ha parecido muy sencilla y ágil, por lo que me he leído el libro casi sin darme cuenta.

Por ello, hoy os traemos el capítulo 1 para que podáis comenzar a leerlo y disfrutar del principio de la preciosa y tierna historia de amor de Aris y Elena.

Aquí está:


SI NO QUIERE CASARSE, YO TAMPOCO
Elena
Cierro la última maleta incluidas las dos que son mías, pero es que no quiero que en esta casa quede ni una sola cosa que sea suya. Incluso he guardado en ellas hasta los últimos regalos que me ha hecho, porque la verdad dudo que me los hiciera con todo el cariño del mundo tal y como decía.

Me quito el anillo de pedida que he llevado en el dedo anular de mi mano izquierda los últimos diez meses y lo dejo sobre una de ellas.
Echo un vistazo rápido por toda la casa, abro armarios, cajones, reviso la estantería del cuarto de baño y por supuesto el cesto de la ropa sucia en busca de algo suyo. Y todo esto lo hago con una rabia que parece que estoy poseída por la niña del exorcista.
Nada.

Me siento en el sofá, respiro hondo y dejo que mis lágrimas corran por mis mejillas libremente. Llevo desde anoche intentando retenerlas. Llevo desde anoche haciéndome la fuerte.
Y cuando al fin les doy rienda suelta me doy cuenta de que tengo muchas más ganas de llorar de lo que pensaba.
Cosa que no entiendo, al fin y al cabo he sido yo la que ha tomado la decisión de no seguir adelante con esta convivencia.
He sido yo la que ha decidido que lo quiero fuera de mi vida. Pero es que casi no me ha dado opción a decidir otra cosa.
Hay que ser capullo para decirme, a tres meses de nuestra boda, que se ha dado cuenta de que no está preparado para dar este paso tan importante.
Hay que ser capullo para decirme esto cuando llevamos cuatro años viviendo juntos y diez años como pareja.
Hay que ser capullo para decirme que por firmar un papel no nos vamos a querer más, cuando en realidad fue él quien montó todo el numerito de la pedida de mano con su familia y la mía, en aquel restaurante de lujo. A día de hoy todavía me pregunto si de verdad nos podíamos permitir aquel derroche de dinero.
Hay que ser capullo para decirme que solo conmigo daría el paso de pasar por el altar, pero que se ha dado cuenta de que ahora mismo no está preparado para hacerlo.
En fin que si no quiere casarse, yo tampoco.
Pero como yo para todo soy mucho más radical que él, he decidido que si no nos casamos, tampoco seguimos juntos.

Por lo que esta mañana he llamado a Gloria, mi editora y mejor amiga, para decirle que no podía asistir a nuestra reunión por un tema urgente de última hora.
Por supuesto he mantenido mi compostura y no le he contado en ningún momento de qué se trataba y tampoco he llorado, en realidad hasta ahora no lo he hecho, porque anoche tampoco lo hice, aunque ganas no me han faltado ni ayer por la noche ni hoy cuando he hablado con Gloria.

En fin a lo que iba, que después de que Luis, mi prometido, bueno a partir de estos momentos ya puedo referirme a él como mi exprometido, ha salido de casa para ir a trabajar como cualquier otro día, incluso se ha despedido de mí como lo hace siempre, con un beso en los labios y un «te veo luego, nena», como si nada hubiera pasado, he puesto en marcha mi plan.
Mi plan no es otro que recoger todas sus cosas en maletas y dejarlas fuera de casa para cuando llegue de trabajar.
Había pensado tirarlas por la terraza, pero creo que eso solo lo he visto en películas y siempre lo hacen mujeres que están tremendamente despechadas y yo por ahora no lo estoy o al menos eso creo. Aunque pensándolo bien lo de ponerle de patitas en la calle no es que sea muy maduro, pero es que yo de madurez, a mis veintiocho años, voy un poco escasa.

Después de llorar lo que no está en los escritos, de llamarle de todo mientras recogía todas sus cosas, y de repetirme continuamente que quizás esto sea lo mejor para mí, decido darme una ducha para ver si me relajo y consigo recomponerme.
Me preparo una tila y salgo a la terraza a despejarme un poco. Doy una vuelta por mi apartamento, porque a partir de ahora es solo mío. Siento una especie de escalofrío al pensar que hay demasiados recuerdos entre estas paredes y que esos no puedo guardarlos en maletas, pero lo superaré.
Pienso que tal vez dándole una mano de pintura a todas las paredes y haciendo algunos cambios de muebles y de cortinas pueda hacer desaparecer todos esos recuerdos y así empezar de nuevo y sentir que por fin esta casa es solo mía.
Porque en realidad casi lo es, la entrada de la hipoteca me la pagaron mis padres para que fuéramos más holgados en los pagos y pudiéramos vivir mejor. Por lo que en gran parte esta casa en realidad ha sido más mía que de Luis desde el principio.

Después de comer me quedo dormida en el sofá, me despierto pasada la media tarde gracias a los timbrazos de Luis y a sus gritos diciendo mi nombre.
Ah, claro, que no os había contado que he trancado la puerta con una mesa para que no pudiera abrirla al llegar al rellano y encontrarse todas sus cosas fuera de casa.
Mañana llamaré a un cerrajero para que me cambie la cerradura, porque este no vuelve a pisar nuestra casa, bueno mi casa, nunca más.
Estaréis pensando que soy una resentida, pero no lo soy. Solo he decido cortar por lo sano. Yo no curo heridas, yo directamente amputo el miembro herido. Aunque ahora mismo lo que tengo herido es mi orgullo, que ya me encargaré de él y un poquito el corazón y a ver con este que hago, ya que amputarlo no puedo.
—¡Ábreme, Elena, por favor! Yo creía que todo había quedado claro, que tú también pensabas que esta decisión era lo mejor para los dos. Que nada entre nosotros iba a cambiar.
El capullo pensaba que era lo mejor para los dos, muy suyo y muy en su línea lo de pensar por los dos. Pues mira, ahora resulta que yo también sé pensar y he pensado que lo mejor para mí es que no le quiero en mi vida.
Me quedo callada, no quiero que sepa que estoy dentro. Solo quiero que se vaya, que desaparezca y que me deje en paz.
Sigue insistiendo y yo sigo sentada en el sofá, creo que ni siquiera respiro para que no pueda escuchar ni un solo ápice de vida dentro de casa.
—¡Elena, abre, por favor! ¿En serio vas a dejarme en la calle justo ahora? ¡Elena, por Dios, que nos van a confinar y yo no tengo a dónde ir! ¡Elena, sé que estás en casa!

Como si a mí me importara en estos momentos que tenga que dormir en la calle o en el coche. Anda y que le den.
Sigue aporreando la puerta, lleva más de dos horas haciéndolo, pero no pienso abrirle. No pienso hacerlo. No me da ninguna pena.
Mi teléfono suena, es Gloria, mierda, ahora ya sí que no tengo escapatoria, bueno en realidad me da igual que Luis me escuche hablar, según dice sabe que estoy dentro de casa. Pero por si acaso me salgo a la terraza.
—Hola, fea —respondo con toda naturalidad.
—Hola, gordita.
Son nuestros saludos y apelativos, debo aclarar que Gloria no es fea, al contrario es una tía espectacular y yo no soy gordita, aunque soy más bien del montón. No tengo casi el metro ochenta de Gloria, tampoco tengo ese pelazo rubio y largo, tampoco tengo unos ojazos verdes y unos labios que piden bésame, pero no estoy mal o al menos eso creo.
Mido alrededor de uno setenta, tengo un pelo largo y rizado de color castaño que intento poner en orden recogiéndolo en un moño en lo alto de mi cabeza, unos ojos enormes en color miel, escondidos detrás de unas grandes gafas de pasta marrón ya que soy miope perdida, y que en estos momentos deben de estar hinchados de tanto llorar.
Además tengo unos labios que a veces me traicionan y me llevan a decir cosas de las que debo arrepentirme, aunque la culpa la mayoría de las ocasiones la tiene mi conciencia, que es más rápida que mi boca y mis labios.
Ya os la presentaré.
En fin, sigo, que a veces me enrollo más que las persianas. Como ya os habréis dado cuenta me gusta hablar, aunque no siempre digo cosas demasiado coherentes, pero mi padre dice que es parte de mi encanto esta verborrea que derrocho.

Salgo hasta la terraza para hablar tranquilamente con Gloria mientras de fondo sigo escuchando al capullo de mi ex pedir que le abra la puerta. Como siga así al final alguien llamará a la policía y me moriré de la vergüenza si tengo que dar explicaciones de por qué le he echado de casa.
Sigo con mi conversación con Gloria mientras espero que Luis se aburra, se vaya, me deje en paz y desaparezca de mi vida. Porque eso es lo que quiero y deseo en estos momentos. Que. Se. Vaya.
—¿Qué tal el día, Elena? ¿Vas a contarme qué es eso tan urgente que tenías que hacer? ¿Está todo bien? Porque no es muy normal en ti que no vengas a una reunión por muy urgente que sea lo que tienes que hacer.
La verdad es que no me apetece demasiado hablar del tema, pero es Gloria y a ella no puedo esconderle nada.
—Bueno, la verdad es que no era nada urgente, solo que no me encontraba muy bien esta mañana cuando me he levantado.
—¡Ains, gordita, a ver si vas a estar embarazada!
—¿Qué dices?
Suelto una especie de bufido mientras hago la pregunta, y pienso que es lo que me hacía falta, estar embarazada con la que tengo encima. Joder, si casi me atraganto con mi propia saliva del susto.
Soltera, embarazada, confinada y con dos maletas menos.
Menudo panorama, Elena.
Esta que habla es mi conciencia, ya os he hablado de ella. Como veis es bastante oportuna con sus comentarios.
—No sé, Elena, es que me resulta extraño. Tú eres de las que te estás muriendo y eres capaz de salir del ataúd para trabajar.

—Mira que eres exagerada. —Pongo los ojos en blanco y me muerdo el labio inferior mientras Gloria vuelve a atacar con otra pregunta.
—¿En serio que no voy a ser tía? Porque ya sabes que el día que tengas hijos, yo voy a ser la «tita Gloria» y les daré todos los caprichos que ni tu futuro marido, ni tú les daréis. Para eso están las tías, para mimar y malcriar a los sobrinos.
—Uy, eso queda bastante lejos.
—Bueno, tan lejos no lo veo yo, que en tres meses estás pasando por el altar y después todo
viene rodado, que no sé qué es lo que os da a todas, pero al poco tiempo de casaros os quedáis embarazadas. Mira Cris y Noelia.
Cris y Noelia son dos compañeras de trabajo de Gloria, que en estos momentos, una está a punto de parir, de hecho está ya de baja porque su barriga no le permite llegar al ordenador, y Noelia está en la fase de vómitos, todo le huele raro y le da asco.
—Ya no hay boda —digo muy bajito.
—¡No te he escuchado bien, Elena!
—Que ya no hay boda —digo de nuevo esta vez, intentando subir un poco mi tono de voz.
—Elena, por Dios, habla un poco más alto, no sé si es tu teléfono o el mío, pero de repente te escucho como si estuvieras muy lejos.
—¡QUE YA NO HAY BODA! —grito esta vez.
—¿CÓMO? —Ahora es Gloria la que grita.
—Pues eso, lo que oyes, que ya no hay boda. Que ya no me caso.
—¿Pero qué ha pasado?
—Eso quisiera yo saber. —Resoplo.

Y mientras digo esto me echo a llorar porque ya llevo un buen rato haciéndome la valiente delante de ella y la verdad es que ya no me siento capaz de aguantar más el tipo, porque por primera vez me doy cuenta de que estoy empezando a asimilar la realidad.
—¡Ahora mismo voy para tu casa! ¿Porque estás en casa, verdad?
—Sí, estoy en casa, pero es mejor que no vengas.
—No me jodas, gordita, ahora mismo voy para allá. Estoy allí en cinco minutos.
—Que no vengas, Gloria, de verdad que estoy bien. Se está haciendo tarde. Ya hablamos mañana. Y no están las cosas para andar mucho por la calle con todo lo del virus este.
—Como quieras, pero ya sabes que si necesitas algo o hablar con alguien a cualquier hora, puedes llamarme. Prométeme que lo harás.
—Lo sé, pesada.
—Prométemelo —vuelve a insistir.
—Te lo prometo.
—¿Sabes que te quiero, verdad?
—Lo sé.
—Te quiero, gordita.
—Te quiero, fea.
Cuelgo el teléfono y entro en el salón de casa. Ya no escucho las voces de Luis. Espero que se haya cansado y se haya largado, porque no quiero verlo nunca más, no quiero saber de él nada más.
Retiro la mesa que he puesto detrás de la puerta para trancarla y miro por la mirilla, no veo a nadie, y lo mejor de todo no veo ninguna de las maletas, eso quiero decir que se ha dado por vencido y se ha largado.

Aun así abro la puerta y con ella entreabierta compruebo lo que he visto a través de la mirilla, ni rastro del capullo ni de ninguna de las maletas.
Cierro la puerta, me apoyo en ella y voy resbalándome hasta el suelo mientras vuelvo a llorar sin consuelo y me prometo a mí misma en plan Scarlett O´Hara que «jamás volveré a enamorarme».
La verdad, no sé si he hecho lo correcto o no, pero era lo que me dictaba el corazón en estos momentos. ¿Y si me arrepiento? ¿Y si he sido demasiado impulsiva?
Demasiado tarde para los arrepentimientos.
«Nunca es tarde para rectificar», le replico a mi conciencia.
Tú misma, pero yo ni me lo planteaba.
Me preparo un sándwich para cenar, me siento en el sofá y pongo la televisión.
Parece que el tema del coronavirus es más serio de lo que pensaban y aunque hoy ya se han tomado algunas medidas de prevención, resulta que no descartan decretar el estado de alarma por emergencia sanitaria.
Joder, lo que me hacía falta, pasar toda esta mierda de duelo yo sola en casa. Podría irme a casa de mis padres, pero lo descarto, cualquiera aguanta a mi madre tras contarle todo lo ocurrido con Luis, que contárselo se lo tengo que contar, pero ya lo haré. Además está mi hermano Alonso, un adolescente con las hormonas revolucionadas y puede ser más peligroso encerrado en casa que un toro enchiquerado,
y bueno, luego está mi padre, que no dirá nada de lo que piensa por no llevarle la contraria a mi madre, porque ya puede decir lo que quiera, que ella se empeña en que siempre es para hacerle rabiar.
Nada, la idea de pasar estos días en casa de mis padres, descartada.

Sigo escuchando las noticias, los supermercados están al borde de colapso, resulta que a todo el mundo le ha dado por comprar. Vale, tengo que hacer un repaso de mis víveres y si es necesario mañana saldré para hacer algo de compra.
Tenemos que organizarnos, Elena, somos un equipo.
«Un equipo, dice.»
Me pongo el pijama y me voy a la cama, no sin antes cambiar las sábanas porque no quiero dormir en una cama que sigue oliendo a Luis.
Necesito dormir y relajarme después de que las últimas veinticuatro horas hayan sido las más intensas de mi vida en los últimos días, meses, tal vez años.
Hala, Elena, a empezar de nuevo, a empezar desde cero una nueva vida. Aunque tal vez sea el momento de empezar a vivir.
Creo que debería empezar a escribir un diario de esta nueva etapa de mi vida, quién sabe, tal vez de todo esto soy capaz de sacar una nueva novela. Porque creo que no os he contado que soy escritora y la inspiración y las musas aparecen cuándo y dónde quieren.
Y dice que va a pasar sola el confinamiento, entre las musas, la inspiración y tu conciencia, o sea yo, te van a multar por tener a demasiada gente en casa.
«¡Ya está bien!»
Sí, eso haré, voy a elegir uno de esos cuadernos en blanco que tengo, con tapas bonitas, y lo dedicaré a escribir un diario.
Soy un poco friki, bueno en realidad un mucho, de los artículos de papelería, me da por comprar cuadernos y bolígrafos que yo considero bonitos. Es pasar por una papelería y no puedo evitar entrar y revolver hasta encontrar algún cuaderno o bolígrafo que me guste.


¿Queréis leer más sobre Elena? Y, además conoceréis a Aris y a su conciencia…

Podéis hacerlo aquí: https://www.kamadevaeditorial.com/libros/a-100-peldanos-de-ti/

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